El sol del veinticinco.

26 Mayo, 2008

El sol del veinticinco.

Hoy, 25 de Mayo de 2008, a ciento noventa y ocho años de la revolución fundacional de la República Argentina, sostenedora e promotora de la Revolución Latinoamericana, abro este blog, sumido en un estado de profunda tristeza.

La declaración del sentimiento puede predisponer a mis hipotéticos lectores a creer que éste será un blog de carácter catártico. Lo será, pero no lo será. Lo será en el sentido que el sentimiento es el que me mueve a escribir, como una manera, sí, de catarsis, una fuerza interior. Pero no lo será en el sentido de que los sentimientos, por profundos que sean, no alcanzan para invadir la objetividad que se requiere para tratar temas que nos atañen a todos. Porque este blog, El sol del veinticinco, es un blog de reflexiones políticas, destinadas a la aventura de ser leídas, aprobadas, rechazadas, comentadas o ignoradas, por mis compatriotas.

Aventura, sí, porque un blog en la red es una extraño mensaje de náufrago metido en una botella y arrojado al mar. Una botella al mar donde la botella es una invisible y el mar es uno infinito.

Que Dios me ayude.

La tristeza, cuando es por causas íntimas, duele. Pero cuando es por causas trascendentes a la existencia de un individuo, y tal el caso cuando la causa es la patria, duele mucho más.

Muchos se espantarán aquí mismo ante la elección por parte de este escriba del término patria. Que se espanten. No habré de dulcificar el lenguaje para retener un lector más o un lector menos. La patria es el sitio donde uno nació y el sitio donde uno tiene enterrados a sus seres queridos. La patria duele porque produce sensaciones viscerales. Pero la patria es. La patria está.

“Mi patria es el mundo”, declaran los fundamentalistas del cosmopolitismo. La mía también. Yo también adhiero al cosmopolitismo. No me van los nacionalismos, mucho menos el patrioterismo. Pero sí me va la patria. Y la patria, hoy, en el Día de la Patria, me duele hasta el caracú.

¿Por qué?

Porque hoy vuelve a abrirse y sangran, en forma abrupta, virulenta, peligrosa, las viejas heridas heredadas, las seculares heridas surgidas de la humillación, la explotación, del abuso, del atraso, y que produjeron la ruina de los habitantes, no de una nación, sino de todas las naciones latinoamericanas entre las cuales está la mía, mi patria. Las viejas humillaciones que han fragmentado al Hombre, a la Dignidad humana.

Cinco siglos igual. Cinco siglos igual. ¡La puta madre que nos parió!: Cinco siglos igual.

Estamos en Argentina a dos años del Bicentenario. Durante doscientos años las clases poseedoras de la tierra (y, en mi patria, Tierra es Riqueza), han podido gobernar a su antojo a una nación casi despoblada. A su antojo. Mediante el uso del poder formal mientras eran los dueños del voto; mediante el uso del poder de facto surgido de la violencia cuando ya no pudieron acceder al poder formal a través de las urnas.

Y ahora, que no pueden gobernar a su antojo, que no pueden acceder al poder formal a través de las urnas, que no pueden golpear las puertas de los cuarteles, ahora, precisamente ahora, en las vísperas del Bicentenario y en medio de una Crisis de Abundancia, se lanzan, soliviantados como nunca antes se vio, al golpe civil, a la destrucción de lo poco o mucho que se ha hecho, a la desobediencia. A la restauración de la miseria secular. A la Santa Alianza del Siglo XXI, versión latinoamericana.

Detrás de todo esto está el dinero, claro. Mucho, muchísimo dinero. La riqueza monetaria. El oro en lingotes, el dinero verdadero. Pero nadie se lanza a la lucha política con la consigna descarada “¡Toda la tarasca!”. “¡Todo el poder a los ricos!” No, claro, que no. Se les hace imperioso buscar una fraseología ideológica que oculte detrás de la cháchara los verdaderos propósitos. Pero no sólo eso; una ideología, además, que prenda en amplios sectores de la población. Esa ideología política es la de un federalismo del todo para mí, nada para el bien común en lo político y, para la gilada, de un racismo blanco, o gringo. Está claro cuál es la clientela de masas a la que el discurso político de los privilegiados del sistema va dirigido: a las clases medias urbanas cuyo odio al cabecita, al negro, al pobre, es visceral.

Cinco siglos igual. ¡La puta madre que nos parió! ¡Cinco siglos igual!

Nadie se engañe: en el fondo del apoyo de amplios sectores de las poblaciones urbanas “al campo” (¡vaya creación del los medios!: “el campo”, como sujeto social.), está el odio al negro. Al cabecita negra. Al humilde. Al pobre.

En todas las naciones latinoamericanas sucede algo parecido, con la diferencia de que en muchas de ellas la etnofobia del blanco va dirigida contra el indígena; y, se da la rareza, de que los “blancos” que componen las clases poseedoras de la riqueza en muchas de nuestras naciones hermanas no son blancos, sino criollos, o mestizos. Una rareza. Una paradoja histórica que nosotros, los argentinos, por razones históricas, vemos con meridiana claridad, ya que nuestros “blancos” lo son de verdad, es decir, son de origen europeo; mientras que los criollos, mestizos, son los “negros”, los “cabecitas”.

Son tan repugnantes nuestros gringos dueños de la tierra y de las fortunas industriales, que ven con absoluto desprecio a sus pares de otras naciones latinoamericanas por su color de piel. “Ése (refiriéndose, por ejemplo, a un poderoso industrial de cualquier país latinoamericano), ése, aquí, es un cabeza.”

Las críticas que esos sectores sociales le hacen a un Fidel Castro, por poner un ejemplo, ponen el acento en que éste es un tirano, un dictador, un sanguinario dictador, si la inquina es grande. Pero Hugo Chávez, en cambio, es un mico. Un negro.

Llegó la hora de sacar la basura que teníamos escondida bajo la alfombra desde hace mucho tiempo: somos racistas. Los argentinos somos unos despreciables racistas de mierda, montados sobre el falso orgullo de una falsa superioridad fundada en una falsa supremacía de razas.

Descendemos de los barcos
. La vieja abominación, notoriamente desdeñosa, nacida de observadores que nos descubrían, azorados, como soberbios rastacueros, es para muchos motivo de orgullo. Y los orgullosos de ese origen se olvidan, claro, que nuestros abuelos que descendieron de los barcos entre 1880 y 1930 venían de una Europa hecha mierda que, como todo cuerpo social enfermo, se desprendía de sus deshechos.

Bajaban de los barcos muertos de hambre, ignorantes de todo, de las letras y hasta de la mismísima vida. Traían toda la imbecilidad de la mente campesina gobernada por la Iglesia durante mil años o más. Ésos eran nuestros abuelos, los famosos abuelos que nos dieron la fisonomía nacional. Un calabrés, un piamontés, un friulán, un gallego, un asturiano, y mil “nacionalidades” más no fueron, cien años atrás, en nada diferentes a los bolivianos, peruanos, ecuatorianos, chinos que hoy vienen a poblar la nación. Las mismas miserias, las mismas ignorancias, las mismas carencias, los mismos prejuicios. Sólo tienen en diferencia el color de la piel. Aquéllos eran blancos. Estos son negros, o amarillos.

No me han despertado sentimientos incordiosos los gringos de la pampa húmeda que han salido a las calles porque se les toca los bolsillos por primera vez en dos siglos. De algún modo, su reacción hasta es natural. Me despiertan tales sentimientos de tristeza los blancos de la ciudad, los blancos de las ciudades, hombres y mujeres de clase media y de clase media baja quienes, ignorantes hasta del abc de la problemática que el conflicto rural esconde, se suman a la protesta porque odian al negro.

Así, se le prendieron como garrapatas en su momento al ingeniero Blumberg, quien terminó siendo un falso ingeniero. Usurpación de títulos. Propio de nuestros blancos descendientes de ingenieri. Chantas. Y sin embargo se le sumaron, en forma totalmente irracional, basados por el odio al negro. Palos, pena de muerte, más penas, bajar la edad de imputabilidad para los menores. Y allí fueron todos. Cuatro millones de firmas consiguió aquel personaje en una semana. Es verdad que muchos, muchísimos de quienes corrieron a firmar aquel apoyo se arrepintieron. “¡Cómo nos equivocamos!” Nunca te dirán ¡Cómo me la vendieron los medios! ¡Qué boludo que fui, cómo la compré!. No, nos equivocamos. Dijo que era ingeniero y no lo era. Era un chanta. Y la verdad que los chantas fueron los que compraron el paquete.

El último paquete que compraron fue Mauricio Macri. ¿Con cuál argumento? Eliminar al negro de la ciudad. ¡Fuera los cartoneros! ¡Fuera los bolivianos de los hospitales públicos! ¡Fuera las villas!. ¡Más policías! ¡Que maten a los ladrones! ¡Todo el poder al poder!

No tienen cura. Nuestros hermanos blancos, descendientes de los barcos, no tienen cura. Vienen con el virus inoculado en una Europa que es la cuna del racismo y no tienen cura. Es una enfermedad que no tiene cura. Ni dos, tres o cuatro generaciones de descendientes sirvieron para nada. Siguen siendo tan racistas como los famosos abuelos que vinieron a hacer la América. Pues entérense de una vez: no hicieron la América: la fragmentaron: la fragmentaron en dos: los privilegiados blancos (o mestizos con actitud de blanco), y los humillados indígeneas y negros.

Y siguen creyéndose superiores. Siguen con la misma enfermedad de toda la vida. De dos milenios de historia de Occidente.

Me dirán: ¡Cómo!, ¿no se trataba de una cuestión de dinero? A lo que responderé. Sí, claro que sí. Pero nadie puede salir a la lucha política con consignas tan mezquinas. Se necesita distrazarlas. Hay que presentar discursos políticamente correctos. Y hay que presentar, además, consignas que prendan en alguna gente. En algunos grupos sociales. Y el analista de mercado, con dos o tres encuestas en la mano, les dice: mire, jefe, lo que la gente quiere es que maten a todos los negros, que saquen las villas, que los pobres no les vayan más a golpear sus puertas. Entonces el jefe, que en realidad busca mejorar sus negocios privados, elabora el discurso: Seguridad, seguridad es lo que vamos a dar si nos votan. Y la gilada compra. Una y otra vez compra el mismo discurso.

¿Se entiende? La gente que, hoy, sigue a los gringos soliviantados de la pampa húmeda, adherentes que no tienen la más puta idea de lo que es la soja, el comercio internacional de granos, las economías regionales, los subsidios, los impuestos, toda esa gente está detrás de una protesta que en realidad va por más dinero para los bolsillos de los soliviantados simplemente porque odia al negro, y, también, al gobierno que, aunque sea en forma superficial –y a veces muy mal- representa a ese negro.

Entonces todo ese racismo que está en la base de la voluntad de masas tiene que ver. Si no existiera con la hondura que existe, los gringos de la pampa húmeda no tendrían auditorio alguno. Lo tienen porque las clases medias urbanas odian profundamnte al negro y no encuentran a nadie que los represente políticamente. Entonces se suben a todos los trenes. Ayer Blumberg, hoy De Angeli.

Estos dos dirigentes sociales tienen otra cosa en común, además de tener seguidores políticamente analfabetos: ambos son productos mediáticos. Uno, Blumberg, ya fue eliminado de la agenda mediática, desprestigiado. El otro, De Angeli, hoy les es funcional, por lo tanto, y mientras tanto, lo fogonean como líder de una oposición política sin estructura alguna, lo cual significa, en términos políticos, una herramienta disociadora, desestabilizadora.

El multitudinario acto de Rosario de hoy lo mostró a las claras. Los dirigentes rurales se ciñeron a la protesta sectorial. Deliberadamente, le quitaron todo barniz político al encuentro. Los aplausos y el fevor del público fue pálido, como si estuviesen cansados, o desilusionados. Como si se hubieran sentido engañados. Fueron a derrocar un gobierno y se encontraron con cuatro tipos que hablaban de vacas, trigo, soja, retenciones.

Los dirigentes los juntaron con una promesa que no cumplieron. Los usaron. Simplemente juntaron las fuerzas para mostrárselas al gobierno. Y luego, vino la amenaza: Toda esa gente puede ser suya, señora presidenta, dijo De Angeli, lo cual equivale a decir que si el gobierno no hace lo que ellos quieren se la tiran en contra. ¡Y después los mismos cándidos que llenaron las adyacencias del Monumento a la Bandera en Rosario hablan de personas arriadas!, refiriéndose a los militantes políticos del partido gobernante porque son trasladados a los actos en colectivos que paga el estado, o sea todos. ¡Y, sí, pedazos de prejuiciosos!: ¿Con qué quieren que pague un pasaje para ir a un acto partidario alguien que no tiene un centavo en el bolsillo?

De alguna manera, los sectores urbanos que le están dando fuerza extra a un movimiento de protesta que por su propio peso económico ya es fuerte, se sintieron hoy algo desilusionados. Esperaban la constitución de un frente opositor poderoso, con un líder claro. La razón es sencilla: no existe tal oposición, en términos de estructur apolítica electoral. No existe. La única que existía, la única estructura nacional existente fue tan brutalmente aniquilada por el gobierno de De La Rúa que tardará cien años en recuperarse. Y los dirigentes que podrían llegar a conformar una estructura política efectiva, de alcance nacional, no se ponen de acuerdo. Ni se pondrán de acuerdo. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que son tres o cuatro y están totalmente desprestigiados. No existe una oposición política. Ésa es la verdad. Entonces los amplios sectores de clase media urbanos, quienes ya no aguantan más al negro, están tan desesperados que se suben al primer tren que se les presenta.

Y al hablar de tren, me acuerdo del tren blanco. El tren blanco. Odian al tren blanco. Ahora que no está más están felices. Pero ninguno de ellos se puso a pensar qué significó el tren blanco durante los años más dramáticos que vivió la Argentina. Ninguno. Lo comprendieron en carne propia durante los meses más dramáticos de la crisis, los que siguieron al Cacerolazo y a los cinco presidentes en pocos días. Después se olvidaron. Después, los negros volvieron a oler como antes. ¡Qué mal huelen, por Dios!, te decían. ¿Y cómo querés que huela quien tiene que revolver la basura para comer, imbécil?

Los dirigentes ruralistas que decidieron incendiar a la Argentina en medio de una crisis de abundancia no son políticos. Hoy lo demostraron con el manejo chapucero del acto. Miguenz se ciñó al libreto que le escribieron. Pero Buzzi no. Buzzi improvisó, entonces dijo lo que no debió decir si hubiese sido un político: “El gobierno de los Kirchner es un obstáculo”. Eso dijo. Ni más, ni menos. Un obstáculo.

Más brutal aún, uno de los gringos soliviantados dijo ante las cámaras días atrás: Van a tener que volver al 10 de marzo. ¿Y si no lo hacen?, le preguntó el periodista. Entonces se tendrán que ir. ¿Y si no se quieren ir?, insistió el periodista. Entonces habrá sangre. Este diálogo es todo textual.

En estos meses de conflicto, las cámaras de televisión han registrado centenares de declaraciones de estos dirigentes rurales. Y como no son políticos, mostraron la hilacha infinidad de veces. Nos quieren sacar las ganancias para financiar a todos esos piqueteros que van detrás de todos los actos del gobierno. Redistribución de la riqueza. ¿Para qué? Para financiar la miseria de los negros, que no quieren trabajar. Estamos cansados de esos vagos.

Centenares de veces se coló ese mensaje entre las palabras más o menos relacionadas con el conflicto ante las cámaras de televisión. Y fue ése, y no otro, el mensaje que caló hondo en muy amplios sectores de clase media urbana. Y fue por eso que muchos se trasladaron a Rosario hoy. Y fue por eso que muchos regresaron, contentos por la patriada, pero desilusionados por la perspectiva.

¡Qué mal huelen, por Dios! ¡No quieren trabajar! ¡Son promiscuos! ¡Son vagos! ¡Son delincuntes! La criminalización de la pobreza. Una de las tres patas de la ideología neoliberal.

Hace unas semanas atrás fui asaltado por una idea preocupante. Tanto, tan preocupante, que no tuve el coraje de discutirla siquiera ante mis conocidos más íntimos. Tal idea era que en el fondo de este conflicto, fogoneado sobre el odio al negro, se anida un sueño larvado entre los gringos de la pampa húmeda: el espíritu de Santa Cruz de la Sierra. Esas menciones al federalismo… algo raro se anida allí.

Y todo eso surgió, a mi entender, a partir de los días en fue la lucha del pueblo de Gualeguaychú contra la brutal instalación de una planta industrial monstruosa en la otra orilla del río Uruguay. En esos días, quedó claro para mí, y así lo dejé escrito, que en el fondo el gobierno nacional (y con él el gobierno de todas las provincias) debían alinearse detrás del pueblo de Gualeguaychú, en una clara y abierta manifestación de federalismo genuino: Una asamblea popular había decidido emprender una lucha desigual contra un ente internacional, lucha en la que estaban involucrados dos estados extranjeros –Uruguay y Finlandia-, y, por esta última razón, el estado nacional debía de ponerse al lado del estado provincial.

Y eso fue lo que hizo, correctamente, el gobierno de Néstor Kirchner primero y ratificó después el de Cristina Fernández: llamar a todos los gobernadores y decirles: señores: lo de Entre Ríos es una cuestión del estado nacional desde el mismo momento en que es el conflicto de un estado provincial con dos estados extranjeros. Debemos estar todos alineados detrás de Entre Ríos. Claro como el agua.

Si por aquellos días el gobierno nacional, o parte de los gobiernos provinciales que conforman la Confederación se hubiesen desentendido de la causa del estado federado, éste habría tenido todo el derecho a protestar ante un federalismo que es sólo declamatorio.

Y no tengo dudas de que ideas de esa naturaleza surgieron en los debates durante aquellos días alrededor de la cuestión Botnia entre los dirigentes de Gualeguaychú. Surgieron, y quedaron.

Los hechos acaecidos semanas atrás en Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, por otra parte, viene a alentar esos sueños. Si los blancos bolivianos se pudieron dar el lujo de desprenderse de los indígenas, ¿por qué no podríamos nosotros desprendernos de nuestros negros de mierda? ¿Para qué los queremos? ¿Por qué tendríamos que financiar su miseria? Que se los quede Buenos Aires.

¿Locuara? ¿Delirio? Puede ser. Seguramente lo es. Por eso dije que no me animé ni a comentarlo entre mis conocidos más íntimos.

Sin embargo, leo en Miradas al sur de hoy, 25 de mayo de 2008:

“… todo el arco político repita unánimemente la cantinela de que a este país falta federalismo… En eso, los grandes medios de comunicación también tienen una responsabilidad (o mejor dicho una irresponsabilidad) mayúscula. Y ya se escuchan en las radios líderes, voces de oyentes y hasta de periodistas argumentando el delirio de que “la región Centro (Córdoba, Santa Fé y Entre Ríos) debería separarse para no seguir alimentando a los zánganos de Buenos Aires”
¿Delirio? Sí. ¿Intento desestabilizador? También. Aunque parezca hoy una locura, no habría que subestimar estos síntomas. En Santa Cruz de la Sierra, Bolivia quizás argumentos como éste parecían igual de delirantes hace 10 o 15 años.”

Mariano Saravia. “Córdoba, la provincia que dio el primer gobernador al campo.” en Miradas al sur. 25/5/08, pg 5.

De ahí mi tristeza. La situación desatada por los que más favorecidos están por la coyuntura internacional favorable amenaza con devenir en drama nacional. Poderosos intereses económicos están alineados detrás de los gringos que dan la cara para captar la adhesión de las masas urbanas.

La mejor definición que han recibido estos privilegiados alzados es la de “protesta del egoísmo”. Y es la verdad. Seducidos por precios internacionales descomunales, que le permiten soñar con imperios familiares de pura riqueza guaranga, no vacilan en invadir todo el territorio con soja, quitando más y más hectáreas a la producción de otros bienes primarios, no vacilan en hundir a la población a la miseria, consecuencia inevitable de una inflación desatada, no vacilan en incendiar una sociedad que trata, dolorosamente, de salir de dos siglos de pobreza, de humillación, de postergaciones. Los gringos de la pampa húmeda han demostrado lo que son: egoístas inveterados, cuya ambición no tiene límite alguno. Y la patria les chupa un huevo. Claramente.

Hay mucho más para decir. Y lo diré. No me queda otra que manifestarme así. Ya no tengo la edad, ni las fuerzas, para sumarme a la lucha política. He alcanzado la edad en la que debo ocuparme de mí, de recoger lo sembrado durante toda una vida de trabajo. Pero no puedo permanecer indiferente. La patria duele. Y ahora la patria es, para mí, hijos, nietos. Así que le doy al teclado, meto el mensaje en la botella y la arrojo al mar.

No sirve de nada, ya lo sé. Pero es lo único que puedo hacer. Es mucho más efectivo, como cable a tierra, que mandar mails a las radios, cartas a los diarios, o discutir con la gente en la calle.

Hasta la próxima.

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Todavía consideramos a un hombre poderoso como un líder nato, mientras que a una mujer poderosa, una anomalía.

Margaret Artwood. Escritora canadiense. (1939-)

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