17. Cacerolas.
22 Junio, 2008
17. Cacerolas. Domingo 22 de junio de 2008. 13:40
Si la memoria me es fiel, la utilización de un elemento de percusión de carga simbólica –como es una cacerola- para amplificar el ritmo de una protesta política callejera, fue inaugurada por la derecha de Chile, allá por los primeros años de la década del setenta del siglo pasado, para manifestar en contra de Salvador Allende. La más absoluta complicidad de todos los medios periodísticos de Occidnte con la derecha chilena –recordemos que el mundo estaba en plena guerra fría- hicieron del método uno de conocimiento universal en pocas horas.
En Argentina no hubo ocasión de recurrir a ese elemento de percusión hasta treinta años más tarde. Sí hubo durante esos treinta años miles de protestas callejeras, durante y después de la dictadura del 76, pero nunca con cacerolas. Y la circunstancia de que la jornada histórica de la noche del 19 de diciembre de 2001 adquiriese esa música metálica fue casual.
Otra vez: si la memoria me es fiel, un “cacerolazo” había sido convocado –con esa forma precisa- para ese día por Fedecámaras, publicitado en los medios durante todo el día por su titular, Rubén Manosovich. Pero la gestación del “Cacerolazo” –el hecho histórico que conocemos como tal- venía por otro lado. Lo que acaeció, finalmente, fue una reunión de varias corrientes movilizadoras que se fusionaron en el mismo acto de la salida a las calles de millones de personas, al golpe de las cacerolas. La historia fue así:
El mantenimiento de la convertibilidad menemista por el gobierno de De La Rúa determinó su condena. El sistema del dólar como moneda local no daba más, explotaba por los cuatro costados pero el gobierno radical se negaba a ir en contra de una supuesta adhesión al sistema por parte de su electorado tradicional, las clases medias. Por su lado el justicialismo, de antemano decidido a poner punto final a una convertibilidad que ahogaba al campo, a las industrias, y a la nación misma a causa de su deuda externa, se movilizó para darle el golpe de gracia a un gobierno que, tras la renuncia del vicepresidente Álvarez, había caído en el vacío de poder.
Para liquidar al gobierno radical, el justicialismo movilizó a sus bases. Bastaba la reunión de un pequeño grupo de punteros para incitar al saqueo de comercios. Las condiciones objetivas garantizaban, no sólo el éxito de la maniobra táctica y la impunidad del procedimiento, sino su propagación violenta. Los saqueos se dieron durante varios días consecutivos en varios puntos, no sólo del Gran Buenos Aires, sino ya del país.
En la tarde del 19 tuve ocasión de ver y oir a muchos de esos punteros, sembrando versiones falsas sobre proximidad de bandas saqueadoras. Yo mismo vi cómo centenares de comerciantes del Once cerraban sus cortinas a las tres de la tarde, porque “las hordas habían asaltado los comercios de Constitución.” Los encargados de hacer conocer la nueva, reconocibles a simple vista, pululaban el Once, en grupos de dos o tres, o incluso solos, mimetizados como el transeúnte que había visto cómo…
Paralelamente, decenas de piquetes compuestos por una media docena de militantes de base encendían cubiertas en varias esquinas de Capital e improvisaban cánticos. Algunos de esos focos lograban la reunión de centenares de personas; otros, al no lograr repercusión alguna, eran abandonados rápidamente, para ensayar la maniobra táctica en otro sitio. También esa tarde, miles de militantes de la izquierda ortodoxa, tocaban puerta por puerta para la convocación a asambleas populares. Muchas de ellas tuvieron lugar en la tarde misma del 19, horas antes del “Cacerolazo”.
El corte voluntario de luz y la protesta cacerolera, como dije, había sido preparada por Fedecámaras y era en repetición a un método utilizado exitosamente ya, en plena era menemista, por Chacho Álvarez. No recuerdo ahora la ocasión en la que el ex diputado miembro del Grupo de los Ocho y luego vicepresidente convocó la protesta. Lo precisarán los puntillosos de las crónicas. Pero debió haber acaecido alrededor del 97. Aquella movida antimenemista de Chacho Álvarez tuvo un impresionante éxito. Muchos barrios de la Capital quedaron completamente a oscuras, y sonaron cacerolas y bocinas, pero… las personas no salieron de sus casas. Fue una protesta masiva, “desde el balcón.”
Cuando en 2001 Manusovich decidió repetir la experiencia para el 19 de diciembre, jamás pensó, claro está, en qué derivaría esa propuesta. El discurso nocturno del presidente De La Rúa, decretando el estado de sitio, fue la gota que rebalsó el vaso y los hechos que se produjeron a partir de esa noche son harto conocidos. (Aunque deliberadamente “olvidados” por muchos medios).
Para resumir el concepto: la decisión de derrocar a De La Rúa (un golpe de estado dentro de la institucionalidad formal de la democracia republicana) fue tomada por el justicialismo. Sus punteros obraron el “foquismo” necesario para que la secuencia de saqueos fuera. La protesta social generalizada, contra Cavallo (el corralito) y contra De La Rúa (estado de sitio), que estaba en marcha, se expandió y se montó sobre esa forma que para esa noche, por pura coincidencia de fechas, había convocado Fedecámaras.
Hecha esta introducción, voy al concepto que pretendo desarrollar.
Dice Carlos Altamirano, profesor de historias de las ideas en la UBA y en la UNQ, en respuesta a una entrevista que publica hoy Miradas al sur: “Ni un cacerolazo ni un Cordobazo se producen administrativamente.” Argumenta: “No hay una trama conspirativa que siempre logra todo. A veces, si y a veces no.” Y añade: “Fijese que después del discurso de la presidenta hubo mensajes de texto destinados a estimular un nuevo cacerolazo, y ese cacerolazo no se produjo.” Concluye el entrevistado: “La Argentina es un país difícil de gobernar y la inclinación a tomar la calle en la ciudad de Buenos Aires viene del siglo XIX. Es una sociedad muy movilizada y movilizable.” Fuente: “De dónde viene y a dónde va la clase media”, en Miradas al Sur, 22 de junio de 2008, pg. 7.
La afirmación del profesor Carlos Altamirano es justa. Y mi idea es ponerlo en estos términos. No toda movida conspiradora tiene eco, pero sí hay detrás de una movida que sí tuvo eco un propósito conspirador. La espontaneidad, en estos temas, no existe.
Por supuesto que no me refiero a la actitud del individuo tomado como tal quien, ante los hechos (por ejemplo, personas en la calle golpeando cacerolas), decide sumarse a la manifestación. Es obvio que esta actitud individual de quienes no forman parte directa de las organizaciones políticas es siempre espontánea. Lo que no es espontáneo es la convocación. Ésta suele estar planeada y ejecutada por un grupo que tiene propósitos estratégicos muy bien definidos.
Así, el primer movimiento cacerolero contra Cristina Fernández fue originado en la agitación directa, desde sectores vinculados a la última dictadura militar. Y el segundo, el de la semana anterior, mucho más amplio que el primero, aunque sea prácticamente imposible probarlo, es muy probable que haya nacido desde los mismos grupos, aunque la agitación social no fue la directa sino una montada sobre cataratas de mails y mensajes de texto que, objetivamente, partieron desde el Litoral.
La movida táctica es simple: es, si se quiere un ejemplo gráfico, similar en cuanto a su mecánica, a la teoría foquista de la guerrilla de los setenta. Se enciende el foco. Si cunde, habrá éxito, si no, no. Es así de simple. Los cuatro que encienden el foco son los conspiradores; los que se suman, cuando se suman, lo hacen “espontáneamente”.
Por supuesto que el éxito relativo de la segunda movida, la de la semana anterior, refleja otra realidad: para que el foco de agitación tenga éxito, es necesario que exista alguna fuerza en el interior de cada una de las personas que se suman a que se sumen. Es decir, malestar, bronca, cansancio, etc.
En este caso en particular, en las movida caceroleras contra Cristina de Kirchner, el objetivo de los instigadores, de los iniciadores del foco, es claro: la desestabilización del gobierno con miras a un recambio del mismo dentro de los mecanismos institucionales republicanos (un golpe civil).
Muy difícilmente superen una minoria las personas que se sumaron a la movida cacerolera de la semana anterior con este propósito en mira. Los hubo, pero fueron minorías. Seguramente una mayoría importante salió a manifestar por diversas motivaciones personales, entre las cuales no puede descartarse el mero cansancio ante una situación que produce desgaste en las personas corrientes que simplemente quieren trabajar, como tampoco puede descartarse el gorilismo inveterado de ciertos miembros de la clase media.
Esta contradicción, entre los verdaderos propósitos de los instigadores por una lado y las motivaciones personales de los protestantes con cacerola por otro, es una dificultad para los conspiradores de la desestabilización: han logrado movilizar las fuerzas desestabilizadoras pero deben ocultar sus verdaderos propósitos.
En la noche del 19 de diciembre de 2001, cuando los punteros del justicialismo, mimetizados como vecinos entre las muchedumbres que habían ganado las calles transmitieron la orden: “a la casa de Cavallo”, el ejército de ciudadanos dispuestos a colgar del alumbrado público al ministro menemista y socorrista del delarurrismo eran decenas de miles. La renuncia del aterrorizado ministro, acorralado en su casa, fue instantánea.
Lo propio sucedió al día siguiente, cuando, yendo por más, se lanzó la consigna del que “se vayan todos”, empezando, claro por el presidente De La Rúa.
Esta vez, en estos días, la cosa no es tan sencilla. Y ésta es la razón que ha llevado a la presidenta Cristina Fernández a citar en sus discursos –dos veces en pocos días- aquella expresión irónica de Marx, destinada a ridiculizar el determinismo histórico rebuscado del hegelianismo de izquierda: la historia se repite, sí; pero la primera vez como tragedia y la segunda como comedia.
Estas son, en términos muy reducidos, reflexiones acerca de las protestas callejeras de la semana anterior. Objetivas, o pretensiosamente objetivas.
Si me permito un recreo subjetivo –y me lo permito- estoy tentado a creer que la motivación principal para el caceroleo del lunes pasado (aunque muchos de los participantes no tengan conciencia plena de ello), es el gorilismo inveterado de la clase media, el odio al negro, la envidia a Cristina y el machismo. Todo ello alentado por el duende interior que, a la manera de los duendes alojados en Pitito, el personaje de Fabio Posca, susurran a los oídos. En este caso, los famosos duendecillos fascistas.
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Hasta otra.
Entry Filed under: Gobierno, La patria sojera., Medios. Etiquetas: cacerolazo, golpismo, gorilismo.
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