34. ¿Los últimos días?

27 Julio, 2008

34. ¿Los últimos días?. Domingo 27 de julio de 2008. 11:20

Después de leer atentamente los “análisis” de los periodistas Eduardo van der Kooy, Joaquín Morales Solá, Mariano Grondona y otros de menos fuste, me quedan en claro algunos conceptos:

Todos los sectores del poder real y sus asalariados mediáticos que de alguna manera han llevado a cabo el golpe desestabilizador contra el gobierno, se ven obligados a negarlo. No pueden admitirlo, entonces le adjudican a la paranoia del gobierno eso tan traído de los pelos como un golpe cívico. Pero en los hechos, están en la búsqueda del perfeccionamiento de la movida desestabilizadora. Ya se sabe que la única manera de perfeccionar un golpe es mediante el sometimiento del adversario jaqueado: o hace lo que nosotros, los golpistas, queremos que haga, o se debe ir.

Porque de eso se trata: de que Cristina Fernández de Kirchner gobierne como ellos quieren que gobierne. Que Cristina Fernández de Kirchner elimine del gobierno a los colaboradores que ellos quieren que elimine. Que Cristina Fernández eche de su lado (si es con un divorcio vincular mejor) a Néstor Kirchner. Que Cristina Fernández gobierne para ellos. O hace lo que ellos quieren que haga, o se debe ir.

De eso se trata el golpe y eso ya está consumado. Ya es historia. Es prácticamente imposible (dada la correlación de fuerzas existente entre los golpistas y las hilachas del gobierno de Cristina Fernández), que pueda salirse de esa encrucijada. Los golpistas se han alzado con la victoria y no hay fuerza capaz de impedir que perfeccionen esa movida.

Lo más difícil del plan golpista ya lo han superado con éxito: la instalación de “aduanas” en las rutas del país, con policía propia (civil) para garantizar el desabastecimiento fue realizada con éxito. Mientras centenares de piquetes patoteriles hacían uso de la violencia subversiva más fuerte que se haya hecho jamás contra un gobierno constitucinal, los medios de comunicación –aliados en la movida a los violentos- distraían a la opinión pública con las famosas coberturas folklóricas.

La jugada última, la más espectacular, fue la del Congreso y la patética tartamudez de Cobos. Todo lo que sigue es cháchara. La presidenta no tiene ningún margen de acción. Es decir, no lo tiene si lo que pretende es gobernar conforme a sus convicciones. Ahora, si gobierna para ellos, entonces el poder formal está salvado.

Pero, ¿a quién le interesa el poder formal? A un Méndez, tal vez, que cuando se le murió el ministro de Economía con el cual quería instaurar en el 89 una gestión peronista ortodoxa y le cayó otra hiperinflación encima entonces se entregó de pies y manos al neoliberalismo que le vino de la mano de Cavallo, del cual fue prisionero y cómplice durante diez años. Pero no creo que esa permanencia en el poder bajo el condicionamiento de los grupos del poder real cuente con el beneplácito de Cristina Fernández.

Quienes la votamos queremos que gobierne con el objetivo de alcanzar metas precisas: ¡minga de Argentina agroexportadora! Queremos una Argentina industrial, aparte de productora agropecuaria. Queremos una economía que dé trabajo masivamente, y el campo para eso no sirve. O sirve para muy pocos. Queremos que los asalariados participen al menos del 50 por ciento de la renta nacional. Queremos que se modifique el régimen impositivo para que paguen más impuestos los que más renta tienen. Queremos planes de asistencia social, educación y salud financiados por impuestos genuinos, no por créditos internacionales.

Lo que queda del gobierno de Cristina Fernández no posee la fuerza suficiente para llevarlo a cabo. Ni institucional, ni de base. Así que no se ve de qué manera se puede salir de este atolladero. La renuncia lisa y llana, ahora, no conduce a nada porque los vencedores no asumirán la responsabilidad del golpe. La única solución es la que aparentemente parece ensayar nuestra presidenta: avanzar aún más. El salto hacia delante. Que quienes han dado el golpe se saquen las caretas y lo asuman de una vez por todas.
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Hasta otra

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Todavía consideramos a un hombre poderoso como un líder nato, mientras que a una mujer poderosa, una anomalía.

Margaret Artwood. Escritora canadiense. (1939-)

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